Elegir qué leer también es parte del viaje. Sobre el ritual de llevar siempre un libro en el bolso, sin importar el destino
Por Leticia Calderon · 20 de junio de 2026 · 2 min de lectura
En tiempo de descanso preparo el bolso de los chicos… y después el mío. Hago listas mentales todo el tiempo. Que no falte nada.
Si es verano: mallas, ojotas y ropa liviana. Si es invierno: gorros, bufandas, camperas y pantalones calentitos. Siempre aparece algo de último momento arriba de la cama y, aun así, siento que falta algo más.
Pero cuando llega el momento de preparar mi bolso, sin importar el destino ni la cantidad de días, hay dos cosas que nunca pueden faltar: un libro y el equipo de mate.
Después sí, le doy importancia al protector solar, a las ojotas o a las medias gruesas, dependiendo de adónde vayamos. Pero el libro tiene otro lugar.
Unos días antes de viajar empiezo la búsqueda. Pregunto qué están leyendo las chicas del grupo con el que corro, les consulto a mis hermanas, miro recomendaciones en redes o guardo publicaciones de páginas literarias que sigo hace tiempo.
Cuando finalmente llegamos al destino, me encargo de volver a crear ese espacio que tanto disfruto en casa: un pequeño refugio propio.
Si estamos en la playa, leo mientras los chicos juegan al fútbol con amigos recién conocidos, corren descalzos por la arena o inventan aventuras nuevas cada tarde.
Si es un viaje más movido, sé que al final del día me espera ese ratito para mí: ducha caliente, mate en mano y algunas páginas antes de dormir.
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Los libros tienen algo difícil de explicar. Algo parecido a leer el diario en papel o escribir una carta a mano. Tienen magia. Tienen pausa. Tienen encanto.
En un mundo donde todo corre y todo parece inmediato, leer obliga a bajar el ritmo. Cada página tiene su tiempo, su cadencia, su silencio.
Y quizás sea justamente eso lo que más me gusta: que, por un rato, lo lento vuelva a sentirse importante.
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Notas al Margen · Cubiko
